





Hacía años que los adoquines molestaban en una ciudad hecha ya para el coche. También la particular historia de ese pequeño bloque de piedra, una perfecta escultura moderna, que estaba asociada a las luchas obreras, a esas espontáneas barricadas contra la represión y el orden burgués, que transformaban calles y plazas en auténticas "Zonas Temporalmente Autónomas".A través de los adoquines , la tierra respiraba y crecían pequeños brotes de musgo o enhiestas briznas de hierba que buscaban la luz. A través de esas grietas las estaciones del año se comunicaban con nosotros.
Hoy, todo eso ha desaparecido del Passatge Masoliver, su piel granítica de adoquines ha sido arrancada de cuajo.
Sólo los poetas entienden que bajo el asfalto y el alquitrán nunca más habrá poesía, mientras aquellas cucarachas sobre ruedas ni se inmutan.

HAN LEVANTADO LOS ADOQUINES, LOS BASTARDOS!!!
P.D. A mediados del mes de Mayo, esos profesionales del disimulo, volvieron a poner algunos de esos adoquines, pero ya no son los mismos, ni el mismo pasaje con su lifting, o quizá debido a él, ha recuperado aquel espíritu. El poder ha de acabar demostrando que puede "manosear" cualquier espacio.





Un "viejo amigo", uno de "esos" de izquierdas pero que creen ciegamente en eso que llaman "progreso" me espetó: ¿ Cómo vosotros, los "
Todas las estaciones tienen algo de telúrico. Dalí decía que en la deriva de los continentes sólo en las estaciones uno se puede reencontrar. Todas tienen su misterio, una partida, una llegada, miles de miradas perdidas siguiendo su viaje particular.



Hace pocos años cuando un residente,una persona algo mayor decía ir al centro de la ciudad, decía que "iba a Barcelona". Este era el concepto de barrio que se vivía entonces. Poblenou era la fábrica de Barcelona, también el límite, la frontera, también el detritus, con esa cloaca abierta del Bogatell o incluso un gran cementerio, como en la novela "Memento mori"*,que se expandía por sus calles los fines de semana. Y es que Poblenou era todo eso una gran fábrica donde la revolución industrial hizo sus ultimas fogatas antes que una vez trasladadas a la periferia terminar por desaparecer. Era esa cloaca, esa agua purulenta de oscuro ocre metálico que aún fluye menos pesada pero con más mierda (orgánica) por debajo de la urbe para soltarla lejos, pero no lo suficiente como para que su aroma no nos llegue de nuevo un día propicio del final del verano. Era y sigue siendo esta parte de la ciudad muerta, hoy incluso más que ayer. Los fines de semana y en verano los vecinos sacaban una silla a la calle, la televisión aparte de ser en blanco y negro, no ocupaba todo el tiempo libre. Hoy los que viven huyen de esa ciudad terciarizada con pantalón corto y el deposito lleno de gasolina. 











